Tardes pasadas

Las sombras del pasado siguen ahí invariablemente. Hacen imposible una convivencia tranquila, convirtiéndola en un absurdo. Los fantasmas de la infancia aparecen sin horario fijo y, en medio del escenario, cruzándose en el diálogo-que-nunca-fué, suenan sin cesar bolas y cadenas , bloqueando toda posibilidad de concentración, noqueando frases que por no decirse, por no escucharse devienen totalmente ajenas.
Y casi, casi logran que olvide las tardes de escondite en el merendero en las que el apache raptaba a la niña blanca para atarla al árbol con la misma cuerda con la que luego saltarían a la comba, cuando era tu voz la que me salvaba de perder la cabellera con un “Niños... a merendar!!!”.
Y aún te lo agradezco.